Colaboradores

Tengo el honor de contar con un colaborador muy especial, mi tío Juan, un gran psicólogo y maravillosa persona, que aportará su valiosa experiencia y ayuda con artículos para todos aquellos que lo necesitéis.

Además, es uno de los fundadores de la Asociación Dones y Talentos (León), cuyo objetivo general es ayudar a todas las personas que la componen en el descubrimiento de quiénes son, así como de sus habilidades, capacidades, competencias, cualidades y aptitudes; y hacerlas congruentes con una actitud positiva ante la vida de entrega para reconocer su abundancia y su aportación al establecimiento de una sociedad en armonía, paz, felicidad y amor. Trasladar este proceso de forma altruista al medio social en el que se desenvuelven sus componentes. Fomentar este intercambio con asociaciones nacionales e internacionales de similar orientación.

Promover el respeto a las personas de cualquier nivel socioeconómico, cultural, sexo, idioma, religión, raza, color, opinión política, sin distinción de la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa la persona. Promover el respeto por el medio ambiente. Fomentar el derecho a la vida, la libertad y la seguridad de las personas.

Con el lema: “Nadie crece más que aquel que impulsa a otros en su crecimiento”, y sustentados en las enseñanzas que nos aporta Un Curso de Milagros (UCDM), quieren, mediante cursos, reuniones, tertulias, charlas, conferencias, talleres, seminarios, puestas en común, cineforum, discoforum, etc., en las que el aprendizaje continuo y colaborativo sea su principal recurso, servir de vehículo social de intercambio y de solidaridad a todas aquellas personas que tratan de descubrirse, viéndose en los demás.

Juan Fernández Quesada

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Cuando me dijiste que escribiera algo para tu Blog, con un resumen de mi trayectoria, como siempre, uno se plantea por dónde empieza y hace unos dos días, leyendo a Jorge Bucay, que me encanta su habilidad para plasmar las ideas que rondan su cabeza, me abrió un poco la mía. He comprobado que soy una persona que necesita de una pequeña estimulación para sacar todo ese universo mental y de experiencia que he ido acumulando. Me enseñó mucho en la vida mi etapa en colonias infantiles y  campamentos de verano, ya de muy joven, con mis amigos, era un adolescente, nos metíamos con entusiasmo en el mundo pedagógico y psicológico, y con tan solo 17 años iba a dinámicas de grupo al Escorial, con un grupo que se llamaba Dinámica e Interacción, dirigido por jesuitas (han sido los padres de la psicología en España y hay mucho que agradecerles, ellos crearon la primera Facultad de Psicología en la Complutense de Madrid) y nos metían en aprietos, pero con la sana intención de descubrirnos  a nosotros mismos.

Si bien mis comienzos en el campo formativo fueron en las ingenierías, estaba llamado a seguir avanzando en la psicología y, en el año 1977 comencé mi carrera, finalizando en 1982. Después hice las especialidades, que duraban un año, en la Escuela de Psicología de la Complutense, en Psicología Pedagógica y Psicología Industrial y, años más tardes hice las asignaturas de Clínica a través de la UNED. También, entre medias, estuve casi dos años haciendo Psicodrama.

Pero he de reconocer que si bien lo que estudias en las universidades es importante, lo es más las experiencias que vives y, al final, uno se tiene que descubrir a sí mismo. Descubrirse es quitarse aquello que te impide verte, dejarte las caretas que ocultan lo que eres, mostrarte tal como eres, asumiendo la responsabilidad de todo lo que dices y haces.

Para esta tarea hay que dedicar gran parte de nuestra vida a mirarnos interiormente, a descubrir nuestras creencias, lo que pensamos, sentimos y somos; al margen de lo que a otros les gustaría que tú fueses. Hay que preguntarse: ¿Quién soy?, ¿Cuál es mi destino? Y ¿Quiénes quiero que me acompañen?

Jorge Bucay, para la primera pregunta, cuenta la historia de un hombre que viaja en metro. Está pensando en el trabajo que le espera en la oficina. De repente, alza la vista y le parece que otro hombre en el asiento de enfrente lo mira fijamente. En su abstracción, ni siquiera nota que lo que ve es solamente su imagen reflejada en un espejo.

-¿De qué conozco a este tipo? – se pregunta al notar que su rostro le es familiar. Vuelve a mirar la imagen, como es obvio, le devuelve la sonrisa. -Y- él también me conoce- se dice en silencio.

-Por más que intenta dejar de pensar en esa imagen de la cara familiar, no consigue alejarla de su pensamiento. -El hombre llega a su destino y, antes de ponerse de pie para bajar del tren, saluda a su supuesto compañero de viaje con un gesto que, como no podía ser de otra manera, el otro devuelve inmediatamente.

-En su trabajo no puede dejar de preguntarse: -¿De qué conozco yo a ese tipo? Como le gustaría tener una fotografía de ese hombre para poder mostrársela a sus compañeros. Quizá alguno de ellos podría ayudarle a identificarlo.

-Al finalizar su jornada, decide caminar hasta su casa para darse el tiempo de buscar en su memoria. Una hora mas tarde entra en su departamento, todavía sin respuesta. Se baña, cena, mira la televisión, pero no puede prestar atención.

-¿Dónde he visto a ese hombre? – se pregunta todavía al acostarse. A la mañana siguiente se despierta con una sonrisa… -Ya sé– dice en voz alta, sentándose de golpe en la cama y golpeándose la frente con la palma de su mano- ¿Cómo no me di cuenta antes?

-Acabo de resolver el problema que lo tenía preocupado. -¡Lo conozco de la peluquería…!

Yo ahora no me reconocería ni en la peluquería, porque todo el pelo que tenía se me ha caído (o se ha tirado, como dicen mis paisanos andaluces). Pero creo que, a pesar, de que esta tarea es una tarea inacabada, he conseguido una cosa muy importante, que es saber en gran medida qué es lo que quiero y deseo, y estar más pendiente de aquello que me satisface que de lo que les satisface a los demás de mí. Todo esto no quiere decir que sea un abandono de lo social o de los demás, sino que, difícilmente podremos valorar a los otros si no nos valoramos a nosotros mismos. Como digo muchas veces: no hemos prestado mucha atención a ese mandamiento de “Amarás al prójimo como a ti mismo”, es decir, si no te amas a ti mismo, difícilmente amarás a los demás.

Algunos pensarán que eso es un egocentrismo, pero bien es cierto que debemos a empezar a construir en lo individual para llegar a aportar lo mejor a lo social. La siguiente historia cuenta muy bien lo expresado:

Un científico que vivía preocupado por los problemas del mundo, estaba decidido a encontrar las respuestas necesarias para solucionarlos. Por eso, pasaba día tras día en el estudio de su casa en busca de respuestas para sus dudas.

Una tarde, su hijo de cinco años entró en el estudio con la intención de ayudarle a trabajar. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro sitio. Pero después de comprobar que no le hacía ni caso, pensó en algo que pudiese distraer su atención.

¡Perfecto! Encontró una revista y vio que en una de sus páginas había un mapa del mundo… ¡Justo lo que necesitaba! Arrancó la hoja, recortó el mapa en muchos trozos y, junto con un rollo de celo, se lo dio a su hijo diciendo:

-“Mira hijo, como te gustan tanto los puzzles, te voy a dar el mundo en trocitos para que lo arregles sin ayuda de nadie”.

Así, el padre quedó satisfecho y el niño también. El padre porque pensó que el niño tardaría más de una hora en hacerlo. El niño porque creyó que estaba ayudando a su padre. Pero después de unos minutos el niño exclamó:

-“¡Papá, ya!”.

El padre, en un primer momento, no dio crédito a las palabras del niño. Era imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que nunca había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista del libro que leía, convencido de que vería el resultado desastroso propio de un niño de cinco años. Pero, para su sorpresa, comprobó que el mapa estaba perfectamente reconstruido: cada trocito había sido colocado y pegado en el lugar correspondiente.

Sin salir de su asombro y mirando fijamente el mapa, le dijo al niño:

-“Hijo, si tu no sabías cómo era el mundo, ¿Cómo has podido hacerlo?”

-“¡Muy fácil papá!” – contestó el niño-, cuando arrancaste la hoja de la revista vi que por el otro lado había un hombre. Di la vuelta a los trocitos que me diste y me puse a hacer el puzzle del hombre, que sabía cómo era. Cuando conseguí arreglar el hombre di la vuelta a la hoja y vi que había arreglado el mundo…”

¡Cambia tu corazón y el mundo cambiará!

Y ahí sigo, yo, ¡tratando de seguir descubriéndome! Lo que no me impide ayudar a que los demás se descubran.