La carrera

 

Cuando nacemos la vida comienza con una mirada de inocencia, de aceptación, como el que contempla un cuadro y no emite juicio alguno. Todo lo que acontece es una sorpresa, un nuevo descubrimiento, un regalo.

Recuerdo de niña los campos llenos de flores silvestres, el sol alegrando mis días, los juegos compartidos… Cuando las lágrimas surgían de mi interior se convertían solo en pequeñas rabietas que volaban locuaces, segundos después, y desaparecían sin más.

En la adolescencia la carrera de la vida comenzó, todo se centraba en conseguir algo para un futuro que todavía no existía. Los miedos a no convertirse en el perfecto prototipo de la sociedad, las inseguridades por el qué dirán y la búsqueda de la aceptación eran cargas que llevaba a la espalda y no me dejaban disfrutar la carrera. Lo único que me obsesionaba era llegar a la meta.

Cuando la supuesta meta llegaba, una sonrisa resplandeciente me invadía, pero poco después, un vacío inmenso me inundaba y al mirar a lo lejos me daba cuenta de que otra meta me estaba esperando.

Corría, corría, corría… Una meta tras otra, saltando listones y piedras que entorpecían mi camino, sin pararme ni un segundo a pensar cuál era su significado.

Los días, las semanas, los meses pasaban tan rápido como se producía mi carrera y fue cuando me empecé a preguntar qué sentido tenía acelerar tanto el paso para llegar a quién sabe dónde. Mi cuerpo no tenía la misma facilidad que antes para correr…

Entonces paré y me senté a contemplar el paisaje sin emitir juicio alguno: de nuevo aquellas flores silvestres, los rayos del sol acariciando mi piel, el juego de un escarabajo intentando saltar una piedra, el viento revoloteando nervioso entre mi pelo. Lo curioso era que ninguno de ellos corría, todo fluía.

Observé a un hombre que estaba sentado a mi lado con los ojos cerrados de cara al sol, respiraba pausadamente. Parecía formar un todo con esa perfección que se mostraba ante mí.

Abrió los ojos y me dijo:

– La verdadera meta está en ti y solo conseguirás llegar a ella si cierras los ojos, respiras profundamente, te relajas y descubres quién eres de verdad.

Sin replicar, le hice caso. Al principio me costaba desacelerar mi ritmo, mi mente parecía un volcán activo, lleno de voces que me gritaban todo lo que debía hacer y conseguir, pero poco a poco fui bajando los peldaños del ser hasta que pude encontrarme de nuevo: esa niña que sonreía, que disfrutaba con el presente, donde el tiempo no existía.

En ese preciso instante lo comprendí… la vida no era una carrera sino un juego en el que cada vez que ganas también pierdes y cada vez que pierdes, ganas; un juego en el que una mente equilibrada es la mejor herramienta para crear momentos únicos; un juego en el que uno mismo elige cómo y cuándo jugar; una oportunidad para convertirse en la mejor versión que se pueda ser. No existen metas, sino propósitos; no hay que correr, sino caminar, observar, imaginar, agradecer, amar, creer y crear.

Abrí los ojos y descubrí una nueva realidad, un sentir diferente. Me aparté de la carrera donde otros competían casi sin aliento y comencé a caminar…

«Estamos dormidos. Nuestra vida es un sueño. Pero a veces despertamos, solo lo suficiente para saber que estamos soñando».-Ludwig Wittgestein

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4 Responses

  1. Gracias. Esta carrera infernal y sin pausa en la que a medida q crecemos nos adentra en una vida acelerada y frenetica donde nada se disfruta ni se percibe con claridad hasta que nos detenemos, relentizamos el ritmo y por fin y pausadamente Existimos. Gracias????

    1. Gracias a ti Elena por tu comentario. Es necesario parar el ritmo para darnos cuenta de lo que queremos y de lo que somos. Un beso enorme 🙂

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