A mi querida madre y a todas las madres

 

Me diste el regalo más grande que puede recibir alguien: fuiste portadora en tu vientre durante nueve meses de mi cuerpecito para que se fuera formando y perfeccionando, hasta que con un gran esfuerzo lograste que pudiera ser parte de esta vida y ver la luz.

En esos nueve meses quedó grabado en mí el sonido de tu voz, tu paz interior, el olor de tu piel, tu paciencia infinita y tu bondad.

De niña, sentir tu regazo, tu compañía y tu sola presencia llenaba mis días de tranquilidad y gozo. No se puede explicar con palabras el amor que me has transmitido siempre.

En esta vida elegiste el papel de hija, hermana, madre, abuela, nuera y esposa y has regalado en cada uno de ellos el amor puro que eres. Todos los que estamos a tu alrededor te lo agradeceremos eternamente.

Desde lo más profundo de mi corazón deseo que seas feliz, que sonrías cada mañana cuando veas la luz del sol y cada noche cuando percibas el esplendor de la luna. Y si algún día, en un momento concreto, pareciese que la oscuridad impera y que alguna pena o tristeza intenta colarse en tu vida, hagas el esfuerzo de ir más allá y observar que la luz más brillante y potente está dentro de ti.

Recuerda que has sido portadora de vida y como tal, tienes la capacidad divina de la creación, lo que significa que puedes cambiar cada momento y sacar lo mejor de él para disfrutar, crecer y amar.

Sé que uno de los momentos críticos en tu vida fue que tus hijas abandonaran el nido materno y comenzaran a volar. El desapego es una de las pruebas más difíciles que una madre tiene que trascender… Sin embargo, para nosotros los hijos, el espejo más hermoso y la lección de vida más grandiosa que nos podéis conceder es ser vosotras mismas, buscar vuestra felicidad ante todo y dejarnos conocer el ser grandioso que lleváis dentro, con vuestros gustos, hobbies y pasiones innatas.

Nuestros problemas como hijos no han de ser los vuestros, solo son experiencias de vida que pasamos para crecer, como vosotros también los habéis pasado y seguís haciendo  cada día.

Se dice que una madre solo quiere la felicidad de sus hijos, pero yo como hija te puedo asegurar, que tu felicidad es la mía propia.

Hoy en tu día y cada día de tu vida, te agradezco que me hayas regalado tu nombre y lo mejor de ti. Todo ese amor te lo devuelvo cada instante abriendo mi corazón y cuando imagino tu sonrisa y tus preciosos ojos el alma se me engrandece.

“La vida empieza despertando y amando el rostro de la madre.” George Elliot (Mary Anne Evans)

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